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Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Uspallata, el turno que la montaña hizo permanente

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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Julio volvió a recordarnos que la cordillera siempre tiene la última palabra. Este invierno no solamente cerró caminos. En algunos sectores, la nieve llegó a levantar murallas de cinco a seis metros, transformando el paisaje en un océano blanco donde el tiempo parece detenerse.

Sin embargo, mientras la mayoría observa la montaña desde la distancia, hay quienes permanecen al otro lado. Hace ya un mes que tres funcionarios del SAG no regresan a sus hogares. Cumplen su deber allí donde el invierno no admite improvisaciones, resguardando una tarea silenciosa que protege una de las mayores riquezas del país.

Sabemos que no es una historia que haya comenzado este invierno. Tampoco en este siglo. Mucho antes de que existieran los complejos fronterizos, los pueblos originarios ya habían descubierto que la cordillera no era un muro, sino un puente. La cruzaban para intercambiar alimentos, animales, minerales, tejidos y conocimientos. Después vinieron los arrieros, los comerciantes, los ejércitos, el Ferrocarril Transandino y los miles de camiones que hoy recorren la misma ruta.

Las primeras experiencias no surgieron por casualidad. Detrás de ellas hubo visión, conocimiento del territorio y la convicción de que la cordillera exigía nuevas formas de trabajo.

En 1996, dos profesionales de Servicio Agrícola y Ganadero de Los Andes encabezaron aquellas pruebas pioneras en Punta de Vacas: el ingeniero agrónomo Mauricio Malaree, responsable del programa de control de la mosca de la fruta, y Hugo Silva Serrano, encargado del área pecuaria. Ambos comprendieron que el incremento sostenido del transporte internacional obligaba a pensar más allá de las instalaciones existentes y a construir soluciones junto a sus pares argentinos.

Así comenzó una relación de trabajo con los profesionales del SENASA de Mendoza que, con el tiempo, trascendería los procedimientos administrativos.

Los inviernos continuaron sucediéndose uno tras otro. Cada temporada dejaba la misma enseñanza: la cordillera no entiende de calendarios ni de planes. Cuando el paso internacional cerraba por la nieve, los camiones se acumulaban durante días y, al reabrirse la ruta, la fiscalización física debía realizarse en Guardia Vieja, muchas veces en condiciones que distaban de ofrecer la seguridad y el espacio que requerían los inspectores.

Entonces llegó octubre de 2009. Tras un prolongado cierre del paso, el número de camiones esperando cruzar alcanzó niveles extraordinarios. La congestión era insostenible y los transportistas iniciaron un paro, exigiendo una solución inmediata. La petición era clara: trasladar la inspección documental a Uspallata.

El ingeniero agrónomo Critian Fernandois Acum, se encontraba realizando una supervisión en el Complejo Fronterizo Los Libertadores cuando recibió una instrucción tan inesperada como urgente: debía asistir de inmediato a una reunión a Uspallata. El clima era inestable y cerca de dos mil quinientos camiones permanecían detenidos a la vera de la ruta. La tensión se respiraba en el ambiente. Los dirigentes del transporte exigían respuestas y las autoridades de ambos países buscaban una salida a una crisis que parecía no tener solución.

La oficina de la Aduana Argentina recibió a los asistentes. La reunión era presidida por el comandante de Gendarmería Nacional, Omar Isasi, en representación del comandante principal Justo José Báscolo. También participaba una delegación de transportistas encabezada por su presidente, conocido simplemente como “Yaya”.

Cristian recuerda ese momento que aún permanece intacto en su memoria. Se escuchaba el silencio de la sala, el murmullo que llegaba desde el pasillo y, a la distancia, los bocinazos incesantes de los camiones esperando una respuesta.

Entonces, el comandante Isasi dirigió su mirada hacia el representante del Servicio Agrícola y Ganadero. Sabía que era el organismo llamado a resguardar el patrimonio fito y zoosanitario de Chile y que sus decisiones no admitían improvisaciones. La resolución sorprendió a todos los presentes: la inspección documental se realizaría en Uspallata y continuaría hasta liberar la totalidad de los camiones acumulados.

Nadie imaginó que aquella solución, adoptada para enfrentar una emergencia, terminaría escribiendo una nueva página en la historia del paso internacional. Han transcurrido casi diecisiete años desde aquel día y la fiscalización documental continúa realizándose en esa misma localidad argentina, demostrando que, una vez más, fue la cordillera la que terminó definiendo el camino.

Uspallata y sus interminables alamedas. Las incansables tropillas de mulas que aún emprenden camino hacia el monte Aconcagua. Los gauchos de quebradas y montañas, de manos generosas y hospitalidad sincera. Casi diecisiete años de trabajo han tenido mucho más que una coordinación entre servicios públicos: han forjado amistades, confianza y un profundo sentido de pertenencia con una tierra que, sin dejar de ser argentina, también ha terminado por sentirse un poco nuestra.

Quizás por eso hoy existe una tranquilidad distinta. Sabemos que, mientras la tormenta mantiene aislados a Néstor Araya, Francisco Quijanes y Heidelberg Huaquil, inspectores del Servicio Agrícola y Ganadero que ya cumplen más de un mes de turno sin poder regresar a Chile, ellos no están solos.


 
 
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