Cuidado, una palabra de apariencia común y corriente, pero que en el fondo no lo es en absoluto. Oculta múltiples significados y se emplea en innumerables situaciones y contextos, alterando radicalmente su percepción: puede ser señal de precaución o alerta inmediata, expresión de preocupación profunda, llamado a la atención plena, reconocimiento de fragilidad extrema o demanda de asistencia urgente. Aunque culturalmente se asocia con una tendencia masculina —el protector robusto, el guardián inquebrantable de la familia—, resulta profundamente paradójico que, al hablar específicamente de cuidadores, se transforme de inmediato en un atributo femenino en el imaginario social colectivo. Y efectivamente, en nuestro país, el cuidado recae de manera abrumadora en el género femenino, perpetuando un desequilibrio histórico.
De acuerdo con el Registro Nacional de Cuidadores, más de 216 mil personas asumen esta responsabilidad diaria, de las cuales el 86% son mujeres y apenas el 14% hombres. Esta cifra choca con la narrativa tradicional: al hombre se le ha conferido el rol de protector familiar supremo, el guardián que cuida con firmeza y autoridad. Sin embargo, cuando llega el momento de decisiones concretas en el seno familiar —enfermedades, dependencias, vulnerabilidades—, emerge un descarte mágico e inexplicable: la mujer debe hacerlo porque está "intrínsecamente preparada" para tan delicada e importante labor emocional y práctica. Convengamos que esto tensiona la doble mirada sobre la mujer: fragilizada como débil y dependiente, pero poderosa y capaz para tomar decisiones cruciales y, por ende, para sostener el cuidado cotidiano.
De este modo, los trabajos de cuidado transitan un péndulo constante de ambigüedades y posturas hipócritas según conveniencia social. Por un lado, se valora el rol desde una óptica primitiva, como la protección ruda del hombre de las cavernas; por otro, se fragiliza y desvaloriza cuando exige atención plena y continua a alguien en condición vulnerable, que precisa de un acompañante para transitar el camino de la vida con verdadero bienestar. El cuidado, por tanto, no se agota en niños/as, personas con enfermedades crónicas, discapacidades o adultos mayores. ¿O acaso las personas sanas y autónomas no se cuidan o deberían cuidarse mutuamente, incluso sin encajar en esas categorías predefinidas? Ese cuidado "ordinario" se convierte en un trabajo no reconocido, reducido en el lenguaje popular antaño a un simple "con su deber no más, cumple", sin remuneración ni prestigio.
Todas las personas pueden —y deberían— cuidar, pero la pregunta clave es si existe un querer genuino y sostenido más allá de las obligaciones impuestas. La Ley de Chile Cuida representa un avance significativo al abordar el tema de manera más integral, pero aún debe evolucionar: rechazar cualquier visión de precarización y posicionarlo en el lugar que merece, como pilar presente en todo el ciclo de la vida humana, no confinado a etapas específicas de dependencia. Resulta imperioso transitar hacia esa dimensión plena como un derecho universal, lo que exige una articulación efectiva entre el Estado, las organizaciones privadas y la comunidad en su conjunto.
Así como aprendemos desde niños a caminar, a relacionarnos con otros y a navegar el mundo, debemos aprender deliberadamente el arte del cuidado: hacernos fuertes cultivando habilidades tanto para cuidar a los demás como para autocuidarnos de forma consciente y proactiva. No se trata solo del concepto de autocuidado impuesto post-pandemia, sino de invertir tiempo dedicado, espacio personal, dedicación incondicional, y un reconocimiento profundo del otro y de uno mismo. Esto no recae exclusivamente en un género, sino en la esencia del ser humano.
Seamos, entonces, humanos cuidadores por convicción. La demanda de trabajos de cuidado irá en aumento inexorable, movilizando la estructura social hacia una nueva dimensión de equidad. ¿Qué tal si nos preparamos ya para ese futuro inevitable? Estamos un poco encima del problema, pero aún hay tiempo suficiente para lograr un equilibrio real entre hombres y mujeres, superando sesgos arraigados, y evitar que esta responsabilidad empobrezca económicamente o humanamente a un núcleo familiar, condenándolo a la soledad e invisibilidad. En su lugar, construyamos una corresponsabilidad compartida, genuina y transformadora.
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