Cada invierno la lluvia vuelve a escribir la misma historia. Calles convertidas en ríos, viviendas anegadas, escuelas con filtraciones y familias preguntándose si mañana podrán volver a la rutina. Cambian las regiones, cambian las intensidades, pero no la fragilidad. En un país sísmico, volcánico y atravesado por eventos climáticos cada vez más extremos, las emergencias parecen excepcionales, cuando en realidad forman parte de nuestra identidad geográfica. Sin embargo, mientras las cámaras enfocan los daños materiales, pocas veces miran el lugar donde comienza la verdadera reconstrucción: la escuela.
Allí ocurre algo extraordinario. Cuando el sistema parece más frágil, las comunidades educativas suelen mostrar su mayor fortaleza. Directivos reorganizan jornadas, docentes transforman la incertidumbre en esperanza, asistentes de la educación sostienen el funcionamiento cotidiano y las familias vuelven a comprender que educar también es cuidar. No es el sistema el que demuestra resiliencia; son las personas que, con una profunda vocación pedagógica, impiden que la emergencia interrumpa el derecho a aprender. Esa capacidad no debería convertirse en una excusa para tolerar las precariedades, sino en el mayor recordatorio de cuánto vale fortalecer la educación pública y sus comunidades.
La pregunta, entonces, no es solo cómo reconstruiremos las escuelas después del temporal. La pregunta verdaderamente incómoda es si estamos educando para vivir en un país donde la incertidumbre dejó de ser una excepción. La UNESCO (2024) sostiene que la educación debe preparar a las nuevas generaciones para enfrentar el cambio climático mediante competencias de sostenibilidad, resiliencia y acción ciudadana. En la misma línea, UNICEF (2024) advierte que garantizar la continuidad educativa durante las emergencias protege no solo los aprendizajes, sino también la salud mental y el bienestar de niños, niñas y adolescentes. El Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres reconoce, además, que la educación constituye una herramienta estratégica para construir sociedades capaces de anticipar, responder y recuperarse frente a las crisis (UNDRR, 2015). Por su parte, la OCDE (2023) insiste en que las competencias necesarias para el futuro exigen aprender a desenvolverse en escenarios complejos, inciertos y cambiantes.
Paradójicamente, seguimos evaluando a las escuelas principalmente por sus resultados estandarizados, mientras dedicamos escaso espacio a enseñar gestión del riesgo, adaptación al cambio climático, pensamiento crítico, colaboración y cuidado mutuo. Formamos estudiantes para responder pruebas, pero no siempre para responder a la vida. Y esa quizás sea la mayor deuda de nuestro sistema educativo.
Cada invierno la lluvia vuelve a poner a prueba nuestras ciudades. Pero quizás la pregunta más importante no sea cuánto resistieron los techos de las escuelas, sino cuánto estamos formando a las nuevas generaciones para sostener un mundo que inevitablemente volverá a cambiar. Porque la misión más profunda de la educación nunca ha sido protegernos de la tormenta, sino enseñarnos a caminar juntos cuando el cielo se oscurece. Allí reside la verdadera pasión por enseñar: no solo transmitir conocimientos, sino formar personas capaces de reconstruir esperanza cuando todo parece derrumbarse.
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