En 1950 los ingenieros estaban construyendo variantes para que los vehículos pudieran vencer la cordillera en Portillo. Cinco siglos antes, los incas habían construido un tambo precisamente en Ojos de Agua, antes del gran ascenso. Dicha comparación, permite ver la historia de Caracoles no solamente como una obra de ingeniería, sino como una sucesión de generaciones tratando de resolver el mismo desafío que les dejó la montaña.
En las décadas de los ochenta y noventa, los inviernos dibujaban grandes murallas de nieve a los costados del camino, luego del paso de las palas mecánicas de Vialidad. Más tarde llegaron los años secos y el comentado cambio climático, que pareció aplacar la furia de los inviernos. Sin embargo, también debemos considerar un cambio tecnológico en la maquinaria estatal, capaz hoy de trabajar con viento blanco y licuar los grandes bloques de nieve para evitar aquellos murallones.
Ha pasado dos generaciones, setenta años de una ruta que podemos llamar moderna, catalogada como una de las más peligrosas del mundo. Hoy, los renovados transportes de carga siguen mirando esa bajada con respeto: curvas que han dejado huellas de múltiples accidentes, especialmente cuando confluyen velocidad y hielo en la ruta. Es ahí donde uno se pregunta por la historia de este famoso paso fronterizo y, sin querer asociar prematuramente las muertes a la toponimia del lugar, queremos averiguar si nuestros antepasados vieron algo en el Llano de la Calavera.
Documentos, viajeros, naturalistas e historiadores nos conducen por los caminos de aborígenes y arrieros de siglos pasados, que avanzaban nombrando numerosos sectores cuyos nombres se han ido perdiendo, quizás por la rapidez de nuestros tiempos, en que todo tendemos a simplificar. Describiremos un viaje en carretas de pleno siglo XIX y pareciera que nos estuvieran relatando otro paisaje.
Orfelino Gómez ya había llegado a la primera gran parada a los pies de la cordillera, en la localidad de Juncal. Después de descansar y alojarse en la Casa de Piedra, partía con sus recuas, con una leve escarchilla, rumbo a Juncalillo y luego a Portillo. Tambillos y el Llano de la Calavera ofrecían la posibilidad de ajustar las ruedas de las carretas y prepararse para la subida del último monte chileno. En la base del cerro encontraban el Tambo de Las Calaveras; una breve estadía y enfrentaba las curvas de Caracoles hasta el Paso de la Iglesia, a metros de la cumbre, donde hoy se levanta el Cristo Redentor.
Otra Casa de Piedra albergaba un merecido descanso, antes de enfrentar la bajada que finalmente los llevaría a Mendoza. El Paso del Bermejo anunciaba el descenso hacia el Paramillo de las Cuevas.
Quizás también sea necesario cuidar estas palabras antiguas, porque un lugar no solo se reconoce por sus montañas y sus caminos, sino también por los nombres que nuestros antepasados le fueron dando. Cada uno guarda una pequeña parte de la memoria del paisaje, una forma de entenderlo y recorrerlo que puede desaparecer silenciosamente cuando dejamos de pronunciarlos. Recuperarlos no es mirar al pasado con nostalgia, sino mantener vivo un lenguaje que todavía tiene algo que decirnos.
Y entonces aparece ese nombre, Llano de la Calavera, extraño, inquietante, casi incómodo para un paisaje de tanta belleza. No sabemos si alguna vez estuvo relacionado con osamentas, accidentes o con las penurias que durante siglos debieron soportar quienes atravesaron este paso fronterizo. Sería aventurado afirmarlo, pero tampoco resulta imposible imaginar que un nombre así haya quedado ligado a la memoria de un camino donde el frío, la nieve, el aislamiento y la muerte acompañaron tantas veces a viajeros, arrieros y soldados. Quizás la montaña simplemente guardó en sus nombres aquello que los hombres prefirieron no olvidar.
El Llano de la Calavera, precisamente donde se encuentran los dos complejos fronterizos chilenos, el antiguo y el nuevo, es conocido por todos, pero no así su historia. Quizás sea bueno detenerse en ella, pues debemos recordar que en 1984 y a comienzos de los noventa, inviernos rigurosos mantuvieron el paso cerrado durante muchos meses. Hoy, cuando apenas llevamos un mes sin movimiento de transporte, las autoridades discuten y presionan por su apertura, principalmente por razones económicas. Y es aquí donde conviene detenerse nuevamente: aún no hemos descubierto las razones de su particular toponimia.
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