Durante décadas, una nota fue mucho más que un número escrito en una libreta. Era una señal. Decía algo sobre lo que un estudiante sabía, sobre aquello que todavía debía aprender y, de alguna manera, sobre el camino que había recorrido. Pero cuando las calificaciones comienzan a elevarse sin que exista necesariamente un crecimiento equivalente de los aprendizajes, la pregunta deja de ser cuánto subieron las notas. La pregunta verdaderamente incómoda es otra: ¿qué están diciendo hoy las notas sobre nuestros estudiantes?
La reciente evidencia sobre inflación de calificaciones vuelve a encender una alarma que Chile conoce desde hace tiempo. Eyzaguirre et al. (2021) ya habían advertido un aumento sistemático de las notas de enseñanza media y encontrado evidencia compatible con respuestas estratégicas de los establecimientos. Más inquietante aún, observaron una asociación entre mayor inflación y mayores tasas de matrícula en educación superior, incluso considerando resultados en pruebas estandarizadas. Cuando una calificación puede convertirse en una ventaja para acceder a la universidad, evaluar deja de ser solamente un acto pedagógico y comienza peligrosamente a transformarse en una estrategia competitiva.
Pero sería demasiado fácil sentar al profesor en el banquillo de los acusados. El problema también está en las reglas del juego. Cuando NEM y Ranking tienen consecuencias sobre las oportunidades futuras, el sistema genera presiones sobre escuelas, docentes, estudiantes y familias. Entonces emerge una paradoja difícil de aceptar: si evaluar con rigor puede perjudicar y evaluar estratégicamente puede beneficiar, algo se ha quebrado en el sentido de la evaluación. No parece casual que el Sistema de Acceso haya decidido modificar el cálculo del Ranking desde la admisión 2028, buscando fortalecer la comparación de la posición relativa de los estudiantes en sus contextos educativos (Subsecretaría de Educación Superior, 2026).
Tampoco debemos confundir evaluación formativa con menor exigencia. Evaluar para aprender significa recoger evidencias, retroalimentar y tomar decisiones que permitan avanzar. La UNESCO (2019) ha insistido en que la evaluación adquiere sentido cuando la información que produce contribuye a mejorar los aprendizajes. No significa regalar décimas para evitar frustraciones ni transformar el error en logro. Poner una buena nota no siempre es ayudar. A veces, una profunda injusticia educativa consiste precisamente en decirle a un estudiante que aprendió aquello que todavía necesita aprender.
Porque una nota también es una promesa. Le dice al estudiante, a su familia, a la escuela y posteriormente a la universidad: esto es lo que ha logrado. Si esa promesa pierde credibilidad, no solo se infla una calificación; se desinfla la confianza en la evaluación.
Chile necesita recuperar esa confianza. Necesitamos evaluaciones rigurosas y humanas, criterios transparentes, retroalimentación de calidad y altas expectativas para todos. Una escuela justa no es aquella que reparte mejores números, sino aquella que entrega mejores oportunidades para aprender. Porque educar nunca debiera consistir en maquillar el termómetro, sino en preocuparnos por la salud del aprendizaje.
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