En Cariño Botado, como en tantos pueblos del campo chileno, las historias no siempre terminan cuando concluyen los hechos que les dieron origen. Algunas permanecen por décadas en la memoria de sus habitantes, pasando de una conversación a otra, entre braseros, corredores y antiguas quintas de recreo. En ellas conviven los recuerdos, las creencias y esos misterios que el tiempo no consigue despejar. Una de estas historias nos lleva hasta 1985, a una esquina del pueblo donde, según sus protagonistas, ocurrió algo difícil de olvidar.
La mujer que ocupa el centro de este relato se llamaba Mercedes Torres. Eloísa, quien conserva estos recuerdos desde su infancia, la describe como una mujer anciana, alta, muy delgada, de abundante cabellera crespa y nariz hundida, con el aspecto de una dama casi momificada en vida. Una úlcera en una de sus pantorrillas permanecía cubierta por un pañuelo. En su juventud, Mercedes habría trabajado en una escuela de señoritas de Los Andes, recordada como Las Carmonas, un antecedente de su vida del que todavía sabemos muy poco. Deslenguada y de carácter fuerte, frecuentaba la quinta de recreo conocida por todos como El Hoyo, donde bebía y compartía con los parroquianos. También tiraba la baraja española, una práctica que, sumada a su apariencia y temperamento, alimentaba los comentarios que circulaban sobre ella.
Su fama de mujer misteriosa se construyó, en parte, a través de relatos que el pueblo transmitía de boca en boca. Uno de ellos contaba que Mercedes habría observado a una sobrina que tenía tres meses de embarazo, cuando supuestamente nadie conocía su estado, y anunciado que tendría una niña de enormes ojos celestes. La pequeña nació con esos ojos y recibió el nombre de Celeste. El episodio quedó incorporado a la memoria local como una de las razones por las que algunos atribuían a Mercedes facultades fuera de lo común. Como ocurre con tantas historias de campo, no podemos verificar todos sus detalles, pero su circulación contribuyó a forjar la leyenda.
La quinta de recreo El Hoyo se encontraba pasando la esquina de las calles Reyes y Cariño Botado, casi frente a la capilla, en un sector que Eloísa recuerda como una esquina de mucha energía. Junto a la quinta había existido una antigua posada conocida como La Gotera, cuyo nombre, según la explicación que ella conserva, se debía a que “la plata llega de a gotas”. Se cuenta que aquella construcción desapareció tras el terremoto de 1965. En 1985, El Hoyo era administrado por Juana y Evaristo, tíos de Eloísa. La familia de esta última vivía en terrenos que antes habían pertenecido a La Gotera: su padre, don Vicente, compraba y vendía ganado y caballos, mientras su madre atendía una amasandería. Desde su casa conocían los movimientos del lugar y podían escuchar lo que ocurría durante las noches.
Una tarde de invierno de aquel año, Mercedes se encontraba sentada en una de las mesas de El Hoyo. Entre los parroquianos estaban Ulco, Homero y Mameluco, quienes habían llegado montados: Homero en una mula y los otros dos en caballos acostumbrados a llevar a sus dueños después de las tomateras. Para entrar a parrandear, dejaron sus animales amarrados a una vara horizontal sostenida por dos horcones, frente al recinto. Los tres se sentaron a beber en una mesa cercana a la de Mercedes y comenzaron a embromarla. La mujer terminó por perder la paciencia y les gritó: ¡Ya van a ver lo que les va a pasar a este montón de…! Después siguió insultándolos, mientras aquellos huasos apenas atinaban a reírse. Finalmente, Mercedes se levantó y se marchó en medio de la oscuridad, pues aquella noche no había luna. Hasta ahí, el episodio podría haber quedado como una disputa más de cantina. Pero lo que vino después encendió la imaginación del pueblo.
Alrededor de las dos de la madrugada, Eloísa y sus padres despertaron sobresaltados por un estruendo de cascos. En el corral trasero, el ganado que don Vicente mantenía encerrado se agitó. Afuera se escuchaban gritos y el galope de una yegua baya, con una mancha en el lomo que semejaba una montura. Según el recuerdo de Eloísa, el animal corría con las patas tiesas, de una manera que le recordaba el caminar de doña Mercedes. Pasaba por detrás del antiguo paradero, casi adosado a la muralla de la capilla, y daba vueltas en círculos, provocando el alboroto de los animales. La familia observó la escena desde una ventana. Don Vicente salió a la calle para ver si podía ayudar, pero regresó a los pocos minutos, inquieto por lo que había presenciado. Fue entonces cuando habría dicho: “Parece que esto no es cosa buena”
La confusión continuó. Las cabalgaduras escaparon y los perros que acompañaban a los hombres también huyeron. Cuando Mameluco y Ulco emprendían el regreso a sus casas, una bandada de tue tue pasó sobre sus cabezas. El susto fue tal que Mameluco terminó alojando en casa de Ulco. Homero, por su parte, intentaba gobernar a su mula, que corría desbocada en dirección a San Esteban. La noche que había comenzado entre bromas, tragos e insultos terminaba en desconcierto. Al amanecer, los protagonistas tendrían una historia difícil de explicar y el pueblo, un nuevo motivo para alimentar sus antiguas creencias.
A la mañana siguiente, el episodio ya corría de boca en boca por Cariño Botado. Entre los testimonios estaba el de don Juan Quiroga, arriero perteneciente a una familia conocida como los Machos Flacos, quien afirmaba que “la yegua tomó por calle Reyes, desvaneciéndose mientras galopaba”. Juan contó los acontecimientos con detalle a Toyito, compadre de Eloísa y uno de esos hombres que todavía conservan las maneras del antiguo huaso. Es importante precisar que Toyito no vio a la yegua aquella madrugada: conoció la historia por boca del arriero. La interpretación que circuló entre los vecinos fue que Mercedes se habría desdoblado, transformándose en aquella yegua baya. Eloísa sostiene que vio al animal junto a sus padres; otros protagonistas también habrían presenciado la escena. Así, entre testimonios directos, relatos transmitidos y creencias campesinas, la historia fue adquiriendo su forma legendaria.
Mercedes Torres murió en 1994, pero su nombre quedó ligado a una de las historias más enigmáticas que Eloísa conserva de aquel Cariño Botado. No sabemos qué ocurrió realmente durante aquella madrugada, ni corresponde convertir una interpretación popular en un hecho demostrado. La memoria campesina guarda relatos como este porque hablan de los temores, las creencias y la manera en que una comunidad intenta explicar aquello que la desconcierta. Eloísa, verdadera custodia de tantas historias del pueblo, mantiene vivos los recuerdos de sus protagonistas. Y en la antigua esquina de El Hoyo, entre la memoria de una posada desaparecida y el eco de unos cascos en la oscuridad, todavía parece galopar la leyenda de aquella yegua de encanto.
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