La prisa no solo acelera el mundo: nos borra de él. Es el lenguaje de los sistemas, no el de las personas. Y en ese lenguaje profesores y estudiantes desaparecemos: quedamos sin rostro y sin voz.
Hoy las palabras se han vuelto livianas y hay cosas de la escuela, de ese espacio y tiempo del estudio, que pareciera que se están borrando, como los lenguajes propios de la pedagogía. El sobrelenguaje empresarial y psicológico instala simplificaciones y palabras del mercado para resolver problemas de aula, muchas veces desde fuera de las comunidades educativas.
Hay un cierto desmantelamiento de la figura del profesor cuando se lo conceptualiza como gestor, mediador, coach o guía, y cuando conceptos como atención, observación, contemplación o juego quedan relegados. Sin embargo, el profesor sabe que debe resistir aquello que lo aleja de su oficio y hacer de la escuela un espacio de estudio, para amar y cuidar al mundo.
Un saludo a los profesores y profesoras que se resisten a una clase neutra, sin sabor ni matices, y vibran buscando diálogos con sus estudiantes. A quienes se abren a la conversación y al encuentro para hablar de saberes y del mundo.
|