Cada octubre, el cáncer de mama vuelve al centro de la conversación. Se habla de mamografías, autoexamen y detección precoz. Sin embargo, existe una dimensión mucho menos visible que merece atención desde la salud ocupacional: cómo la organización del trabajo, especialmente los turnos nocturnos mantenidos durante años, puede influir en la salud de las trabajadoras.
La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) clasifica el trabajo nocturno como “probablemente carcinogénico para los humanos” (Grupo 2A). Esto no significa que una mujer que trabaja de noche vaya a desarrollar cáncer de mama. La clasificación identifica un peligro y se sustenta en evidencia limitada en humanos y suficiente en animales de experimentación. El cáncer es una enfermedad multifactorial, en la que interactúan predisposición genética, edad, estilos de vida y exposiciones ambientales y laborales.
¿Por qué importa entonces el turno nocturno? Nuestro organismo funciona siguiendo ritmos circadianos que regulan el sueño, la secreción hormonal, el metabolismo y parte de la respuesta inmunológica. Trabajar durante las horas destinadas al descanso altera el ciclo luz-oscuridad, puede reducir la calidad y duración del sueño y modificar procesos de reparación del organismo. Por eso, cuando la exposición se mantiene durante años, no debiera considerarse sólo un problema de cansancio o conciliación familiar.
Desde la medicina del trabajo, la respuesta no puede recaer únicamente en la disciplina individual. Las empresas que operan con turnos deben incorporar esta realidad a su gestión preventiva: diseñar rotaciones que favorezcan una recuperación adecuada, evitar extensiones innecesarias de jornada, respetar los descansos, educar sobre higiene del sueño y facilitar controles preventivos. También es importante promover actividad física, alimentación saludable, control del peso y de factores metabólicos, y salud mental.
Chile cuenta, además, con una herramienta concreta. El artículo 66 bis del Código del Trabajo reconoce a trabajadoras y trabajadores con contratos superiores a 30 días medio día de permiso, una vez al año, para realizarse mamografía o examen de próstata, pudiendo incluir otras prestaciones preventivas. No es un favor de la jefatura: es un derecho laboral.
La prevención del cáncer de mama en el trabajo no puede limitarse a iluminar edificios de rosado en octubre. Implica preguntarnos cómo organizamos los turnos, cuánto descanso efectivo tienen quienes trabajan de noche y qué facilidades reales entregamos para cuidar su salud. Cuando la evidencia advierte un riesgo posible, prevenir también significa revisar la forma en que trabajamos.
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