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Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Bodega Briones: llamaradas de gruesos leños. Capítulo III

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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Mientras las viejas cubas de mosto siguen en la antigua bodega, volvemos a 1981, cuando fallece Isolina Cobarrubias. Fue entonces que su hija, Margarita Briones (1938-2023), entra definitivamente a un oficio que miró desde niña. En una antigua fotografía se observa el accionar de su marido Orlando Ahumada (1936-2024), quien, en sus bajadas de mineras cordilleranas, se reflejaba detrás de llamaradas producidas por gruesos leños que hacían hervir la gran olla de cobre. Comienza el camino de la tercera generación, con la huella de una madre que aún rondaba los recovecos de la bodega, según sus trabajadores.

Tal como las precipitaciones acompañaron el renacer de la bodega Briones en la década de 1930, hoy las lluvias caen con intensidad sobre las mismas tierras del Aconcagua, mientras la vieja casona y su bodega recuperan sus muros, sus vigas y memoria. La naturaleza parece recordar que las grandes historias del campo no solo las escriben las personas, sino también las estaciones del año.

Imposible comprender la vida de los antepasados de la bodega sin recorrer el subterráneo. Margarita no solo recibió una propiedad. Heredó una manera de entender la vida, un compromiso sigiloso con los antepasados y el deber de mantener viva una tradición que ya llevaba casi un siglo alimentando la identidad del valle. Sin grandes anuncios junto a su esposo Orlando, siguieron elaborando la chicha de uva cocida, recibiendo visitantes y manteniendo un caserón donde cada muro parecía conocer el nombre de quienes lo levantaron.

La emoción de bajar al subterráneo y sentir el pasado permite entender la manera de trabajar: en tiempos de Margarita y Orlando, cuando la elaboración de la chicha era casi un acto intuitivo. Cada vendimia comenzaba observando la madurez de las uvas, el color del mosto y el comportamiento del fuego bajo los fondos de cobre. No existían planillas ni instrumentos sofisticados; la experiencia era el verdadero termómetro. Los tiempos de cocción, el momento preciso para detener el hervor y el inicio de la fermentación eran decisiones nacidas de años de práctica, de la memoria y de la confianza en los sentidos. Así hablan las duelas, barriles de greda y los aromas de moscatel impregnados en las paredes de la bodega del siglo XIX.

La bodega antigua no envejeció. Esperó que la cuarta generación apareciera, que esos niños Ahumada, que recorrían la bodega subterránea jugando a las escondidas recobraran la memoria patrimonial. Aguardaba el día en que alguien volviera a abrir sus portones, quitando el polvo de las vigas y permitiendo que la luz regresara a los rincones donde durante décadas descansaron el vino, la chicha y los recuerdos de una familia. Se siente un aura única, un ambiente que invita futuro, pero también al mirar los gruesos pilares vemos las huellas de José Tomás y Ángela con rastros de colonia, encomiendas y haciendas. Los fuegos de don Orlando se vuelven a encender y las ollas de cobre a hervir de la mano de sus chiquillos que ya crecieron.

La vida llevó a los hijos de Margarita y Orlando por caminos distintos. Rodrigo eligió la agronomía, comprendiendo científicamente aquello que sus abuelos habían aprendido observando la tierra. Orlando abrazó la medicina, dedicando su vida al cuidado de las personas. Sin embargo, en cada vendimia ambos regresan al mismo lugar: la vieja bodega familiar. Allí las profesiones quedan a un lado y reaparece algo más profundo que un oficio. Es la memoria heredada, esa cautelosa vocación por cuidar un patrimonio que no acepta desaparecer.

En tiempos en que tantas tradiciones rurales desaparecen silenciosamente, ellos decidieron demostrar que el patrimonio no se hereda por obligación, sino por convicción.

Cariño Botado y sus largas charlas de mitos y vivencias, entrenudos de tradiciones guardadas y compartidas al fragor de un cortito de vino añejo y estilizada copa de chicha. La pérgola nos reunió con el siglo y leyendas al son de entrañables personajes que le han dado vida al pueblo y su cultura. La vida ha pasado por los caminos andados por Carlitos Órdenes, en burro con sus quesos, brevas y chaguales; Artemio Arias, compositor de huesos y rezos por mal de ojos y Macho Flaco Quiroga, con sus arreos a la montaña. Imposible dejar fuera de la lista a Oscar Palacios, sabedor de los secretos de chicha Briones y guardián de las levaduras de fermentación de la época de don Darío.

Recorremos la bodega, siguen las vasijas antiguas, pailas de cobre y enfriaderas de madera. Nos describen la cosecha, madurez, ausencia de plagas y enfermedades, luego unos granos triturados y limpieza de escobajo para que la prensa vaya mostrando un jugo puro y natural. Grandes pailas de cobre que recuerdan los fuegos del padre, lo cuecen por 6 a 8 horas, frío y la magia de las levaduras del abuelo Darío. Cuando el jugo cocido termina de botar la borra, se inicia la fermentación, las barricas de greda ya indican que el proceso dará paso a las mismas degustaciones de antaño.

Cuando la restauración concluya y vuelvan a abrirse sus puertas, muchos creerán que solamente estarán inaugurando una bodega restaurada. En realidad, estarán celebrando algo mucho más profundo, como es la continuidad de una historia familiar iniciada por José Tomás Briones y Ángela Villalón, fortalecida por Darío e Isolina, engrandecida por Margarita y Orlando, y proyectada ahora por una nueva generación que entendió que el pasado sólo permanece vivo cuando alguien decide hacerse cargo de él.

Porque en Bodega Briones no sólo fermenta la chicha. También fermenta la memoria de todo un valle.

Nota del autor: Agradecimientos a la familia Ahumada Briones (Orlando, Rodrigo y Macarena), quienes me han permitido entrar a su bodega, recorrer ciento cincuenta años de historia, conocer las huellas y sentir de manera muy especial sus antepasados, para que Costumbrismo Rural y crónicas de pueblo, pudiera develar esa larga historia a los habitantes del valle. Que me perdonen los hombres de la familia, pero el aura que se siente en el recorrido, va de la mano de Ángela, Isolina, Margarita y ahora Macarena…


 
 
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