Todo rito tiene una historia. No es sólo una ceremonia sino más bien es la posibilidad de detener el tiempo para señalar que algo es importante. Pero reconocer no puede quedar reducido a una fecha en el calendario. Reconocer y celebrar es dar lugar, dar presencia, y eso se juega sobre todo en gestos mínimos cotidianos, humanos y éticos como detenerse, saludar, agradecer, prestar atención a quienes hacen posible que escuelas, liceos, institutos y universidades hagan lo que hacen y saben hacer: inaugurar un espacio y un tiempo para el oficio de enseñar.
Por eso este saludo es para quienes son parte vital de una comunidad educativa, a los que reciben, acompañan, limpian, ordenan, administran, organizan, escuchan, alimentan, protegen y cuidan. Pero a la vez, es también una invitación a pensar la escuela como un paisaje o escena pedagógica donde todos y todas son importantes para que se produzca el oficio de enseñar, así están en esta escena/ paisaje los que sostienen patios, bibliotecas, oficinas, accesos, comedores y laboratorios, psicólogos, fonoaudiólogos, terapeutas ocupacionales, técnicos y otros profesionales que intervienen directamente en las trayectorias de los estudiantes.
Hacer comunidad es, o debiera ser, un acto cotidiano de reconocimiento de la potencia de cada uno para sostener ese tiempo de enseñar, crear, contemplar, indagar, profundizar. Reconocer al otro con sus talentos académicos, afectivos, prácticos, creativos, lingüísticos o artísticos nos protege de los riesgos de la homogeneización, que borra lo que distingue a cada persona, y de la posibilidad de olvido de lo humano.
En este camino hay avances que merecen nombrarse. La Ley 21.109 creó el Estatuto de los Asistentes de la Educación Pública y les reconoció derechos laborales, formación y participación en la comunidad educativa. Más recientemente, la normativa ha reforzado su derecho a trabajar en espacios seguros, libres de violencia y acoso, y ha establecido procesos públicos y transparentes para su ingreso.
Sin embargo, el problema no es sólo contractual; es también simbólico y pedagógico, y abre preguntas que no podemos eludir. ¿Qué lugar ocupan los trabajadores de la educación en la conversación pedagógica de nuestras instituciones? ¿Participan en las decisiones sobre la convivencia, el uso de los espacios y los tiempos escolares? ¿Cuentan con condiciones y tiempos para formarse, reunirse y pensar su trabajo? ¿Cómo se traduce el reconocimiento legal en reconocimiento cotidiano?
Hablemos, entonces, de una comunidad justa, que desinstale las prácticas que disminuyen las capacidades de todos y todas; de una comunidad ética y bella, capaz de ofrecer otro ritmo a una sociedad de la prisa y del rendimiento. Una comunidad que haga de la escena pedagógica un lugar lleno de voces y sonidos del mundo, una suerte de hermenéutica colectiva que abra al estudio y la indagación, donde, como ya lo decíamos, todos importan.
La escuela e instituciones educativas en todas sus formas se cuidan como se cuidan las cosas que importan: sosteniéndolas desde los oficios, profesiones y fundamentalmente desde lo humano. Ese cuidado es de todos.
A quienes lo hacen posible cada día, nuestro reconocimiento y gratitud.
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