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Opinión

La vejez dejó de ser futuro: Chile debe prepararse

Por Carmen Lamilla Almuna, directora de Trabajo Social Advance de la Universidad Andrés Bello.

 

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El Día Internacional de las Personas Mayores, que se conmemoró el pasado 1 de octubre, dejó de ser solo una oportunidad para hablar sobre envejecimiento. Hoy tenemos una razón aún más concreta para hacerlo: los resultados del Censo 2024 muestran que en Chile viven 3.665.028 personas de 60 años o más, equivalentes al 19,8% de la población. Por primera vez, además, este grupo supera en número a la población menor de 15 años. Chile ya envejeció. La pregunta ahora es si nuestras políticas, ciudades, servicios e instituciones están preparados para esa realidad.

El dato no debería servir para instalar una nueva moda ni para repetir discursos sobre longevidad. Debería obligarnos a mirar con mayor profundidad cómo queremos vivir y envejecer. Porque una sociedad que vive más años necesita mucho más que buenas noticias sobre su esperanza de vida: necesita pensiones suficientes, sistemas de cuidado, viviendas adecuadas, oportunidades de participación y comunidades capaces de acompañar trayectorias de vida cada vez más largas y diversas.

En materia de pensiones, este año comenzó una nueva etapa de la reforma previsional. Desde septiembre, las personas de 75 años o más pueden acceder al monto máximo de la Pensión Garantizada Universal, que actualmente alcanza los $250.275. Es un avance importante, pero también abre una pregunta que no podemos eludir: ¿cuánto de esa protección se traduce efectivamente en autonomía y calidad de vida? Una pensión puede aliviar una necesidad económica, pero la dignidad en la vejez también depende de contar con vivienda, redes de apoyo, acceso a servicios y capacidad para tomar decisiones sobre la propia vida.

También debemos hablar de algo menos visible: el abuso económico y patrimonial que pueden enfrentar algunas personas mayores. Que un familiar administre una pensión, una cuenta bancaria o los bienes de una persona mayor no siempre significa que exista apoyo. En algunos casos puede existir abuso, aprovechamiento o pérdida de autonomía. Por eso, proteger a las personas mayores también implica fortalecer mecanismos de prevención, acompañamiento y detección de estas situaciones, sin caer en el error de asumir que toda persona mayor es incapaz de decidir por sí misma.

En materia de cuidados, Chile también dio un paso histórico. Este año entró en vigencia la Ley Chile Cuida, que reconoce el cuidado como un derecho social y crea el Sistema Nacional de Apoyos y Cuidados. El desafío, ahora, es que ese reconocimiento se traduzca en una política que tenga presencia efectiva en los territorios y que pueda sostenerse en el tiempo.

Y aquí aparece una realidad que debemos mirar con especial atención: el envejecimiento también transforma a quienes cuidan. El Censo muestra que 27,5% de las personas mayores vive en hogares compuestos exclusivamente por dos o más personas de 60 años o más. En otras palabras, cada vez será menos excepcional encontrar a una persona mayor cuidando a otra persona mayor. Esto obliga a pensar los cuidados no solo desde la dependencia, sino también desde la autonomía, las redes comunitarias y el apoyo que necesitan quienes cuidan.

La respuesta pasa por dejar de fragmentar y empezar a articular talentos, saberes, experiencias y recursos entre generaciones. Necesitamos actividades y espacios que reúnan a niños, niñas, jóvenes, adultos y personas mayores, no como un gesto simbólico, sino reconociendo que cada generación tiene algo que aportar y también algo que aprender de las otras.

Los centros de salud, las juntas de vecinos, las organizaciones comunitarias y los espacios deportivos son lugares naturales para impulsar este encuentro. También lo son las instituciones de educación superior. Hoy vemos a más personas mayores que continúan estudiando, actualizando sus conocimientos o iniciando una nueva etapa formativa. El envejecimiento también debe hacernos repensar la educación como un espacio que acompaña toda la vida y no solo las primeras décadas de ella.

Necesitamos, además, cambiar las imágenes simplificadas de la vejez. Por un lado, está la representación de la persona mayor débil, frágil y dependiente. Por otro, la imagen de quien debe mantenerse permanentemente activo, feliz y productivo. Ambas pueden terminar siendo excluyentes. La vejez es diversa y no existe una única manera de vivirla.

Los datos del Censo lo confirman: las personas mayores no constituyen un grupo homogéneo. Sus condiciones cambian según edad, territorio, sexo, situación laboral, discapacidad, educación, vivienda y composición del hogar. Incluso dentro de este grupo hay diferencias importantes: 593.010 personas tienen 80 años o más, mientras que el 28,5% de las personas mayores declaró estar ocupada durante la semana previa al Censo.

Por eso, el desafío no consiste simplemente en “prepararnos para el envejecimiento”. Ya estamos viviendo en una sociedad envejecida y debemos actuar en consecuencia.

Eso significa, por ejemplo, desarrollar planes comunales para prevenir y abordar la soledad no deseada; facilitar recursos para adaptar viviendas y entornos; fortalecer el Sistema Nacional de Apoyos y Cuidados en cada territorio; promover proyectos intergeneracionales en instituciones de educación superior; generar mejores oportunidades laborales para quienes desean o necesitan seguir trabajando; abrir espacios permanentes de participación ciudadana para las personas mayores y explorar nuevas alternativas habitacionales, como modelos de convivencia y residencias compartidas que permitan combinar autonomía, compañía y seguridad.

La reciente publicación de los resultados del Censo 2024 debería ser un punto de inflexión. Tenemos una fotografía mucho más clara del país que somos y del país que estamos construyendo. Las proyecciones indican, además, que la proporción de personas de 60 años o más seguirá aumentando: podría llegar al 26,4% de la población en 2035 y al 36,5% en 2050.

Por eso, el 1 de octubre no debería ser solo un día de saludos, actividades conmemorativas o discursos sobre la importancia de las personas mayores. Debería ser una oportunidad para revisar qué estamos haciendo y, sobre todo, qué nos falta hacer.

Vivir más años es una conquista colectiva. Convertir esos años en una vida digna, autónoma y con oportunidades es una responsabilidad que debemos asumir desde ahora. Chile ya envejeció. Lo que todavía está en nuestras manos es decidir cómo queremos que se viva esa vejez.

 


 
 
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